viernes, 10 de septiembre de 2010

Entre osos y arepas

Entrar en la esfera onírica de Lorenzo Mendoza no debe ser tan complicado, un poco bizarro puede ser, pero sin duda deja poco a la imaginación. Será un mundo de osos blancos bailarines con voluptuosas mujeres vistiendo diminutos bikinis y empatucadas en aceite. Ríos de cerveza corren en los cauces de amplios valles, flanqueados por blancas montañas de harina pan. Él, oligarca y sereno, mira todo desde el centro donde se encuentra con la sonrisa y la mirada orgullosa del mismísimo Tío Sam (sí, el hombre del traje a rayas con el sombrero de copa y la barba blanca). Mientras tanto mira por la televisión (Globovisión, para más señas) como un maremágnum de pueblo, gente que en nada se parece a él y con la que marca una prudente distancia, hace justicia con sus propias manos arremetiendo contra un régimen que cometió el sacrilegio de atentar contra las leyes impuestas desde el monopolio criollo.

El mundo virtual de la oposición una vez más desnuda su cara más fascista y ajena a la realidad de los tiempos que vive el país. Las redes sociales dibujan un mundo de complicidades con niveles de autosatisfacción alarmantes. La empatía de clase y el reconocimiento les impulsa la convicción utópica de sentirse mayoría. En medio de este éxtasis general, en esa suerte de placebo de bits y neuronas flageladas por la voluntad maniquea de la popularidad online, se hace evidente el discurso del desprecio por el pueblo. Esa voluntad democrática que utilizan como mascarada para intentar sumar “gente”, “multitudes”, “base social”, “sociedad civil”, se desvanece y surge ese rostro con toda la voluntad hegemónica y de clase. Rompen culturalmente, se burlan del pueblo y lo reducen a una categoría cosificada desde sus propios códigos culturales reafirmados por un sistema económico, político y social edificado desde el capitalismo.

Esta certidumbre de la mitología cultural hegemónica no es gratuita, ni inocente. Viene ligada al complejísimo sistema de dominación que a medida que avanza el mundo (y se perfecciona el capitalismo con sus matices en cada rincón del orbe) se fundamenta más y más en el componente cultural que Antonio Gramsci avizoró en el temprano siglo XX. Es todo un entramado que se fundamenta en las relaciones de producción y propiedad que proyecta un completo imaginario de “vida”, asociado a las necesidades proyectadas por esta dinámica económica.

Entre las diversas representaciones de este entramado, uno de los vectores más reafirmados es el del juego de roles en la estratificación social que se inventó la burguesía venezolana. Lo vemos claramente representado en las pantallas de televisión, desde hace muchísimos años; en novelas, anuncios, programas humorísticos, etc. Encontramos, por ejemplo, la representación de la muchachita pobre: se enamora del hombre millonario que le es inalcanzable, hasta que un giro del destino la hace darse cuenta que en realidad ella es una heredera que ha sido despojada vilmente de todo el dinero de su padre, que era un hombre rico pero justo –es muy interesante cómo en la mitología capitalista generalmente los hombre ricos y buenos suelen estar muertos–, dándose cuenta así de que ella sí era lo suficiente para poder hacer vida con el apuesto galán multimillonario. Hemos visto esa trama miles de veces. En los programas humorísticos se presenta a los sectores más desposeídos de la sociedad en clave de clown. Son personajes llevados al extremo que viven en la miseria y que su desgracia es tan inclemente que lleva al espectador a la risa por la empatía con este simpático desdichado. La caracterización de estos personajes es fundamental para la hegemonía, porque llevan a la resignación la condición del oprimido. De una forma bastante torcida se hace simpática y llevadera la ignominia del ser excluido. Ejemplos de esto son los clásicos Perolito y Escarlata. Finalmente están los anuncios publicitarios que nos llevan a construir el imaginario del “deber ser” del buen ciudadano, del digno representante de la “sociedad civil (de consumo)”: El Hombre Feliz. No importa que la asociación que hacen entre producto y mensaje no sean verosímiles: ¿Quién iría a pensar que unos muchachos que beben y fuman desenfrenadamente van a verse tan sanos y rozagantes? Es la magia de la caracterización, el discurso del sueño y la creación de las necesidades.

Es dentro de esta formulación de los signos y los significados sociales que desarrolla la clase dominante, donde se construyen representaciones inamovibles de una realidad que sirve para darle continuidad al sistema. Empezamos a ver el mundo inamovible, incapaz de hacerse de otra forma: el futuro no es más que una proyección de nuestro presente. Se adormece la voluntad combativa del pueblo y se somete la voluntad al discurso de una burguesía nominalista y reduccionista del concepto y la fuerza inmanente del pueblo.

Uno de los slogans –no se le puede dar otra categoría discursiva– que ha pululado con más fuerza ante la agudización evidente de las contradicciones en el debate de la sociedad, del sistema, la propuesta política, social y cultural a la que ha llevado la profundización de la revolución en Venezuela, es aquel que asocia a las clases populares (al pueblo, ya que la clase media gusta de llamarse, en su afán autosatisfactorio, “sociedad civil”) en algún vínculo mítico, religioso e incondicional con la cerveza. De acuerdo a este peculiar razonamiento, cualquier intento de regulación del gobierno en contra de este néctar de los dioses (capitalistas) derivaría en una suerte de revolución reivindicativa para poder evadir su propia existencia en el fondo de las botellas “abrazados al oso”.

La hegemonía del sistema alimenta hoy más que nunca la idea del pueblo borracho, amarrado a la cerveza, incapaz de poder vivir si no es a través de ese objeto de alienación, que por gracia divina (nuevamente del capitalismo criollo) está en manos del monopolio más importante: Empresas Polar. Tienen la firme creencia que la felicidad y la estabilidad de las clases populares se reducen a tener una bodeguita bien surtida de los diversos tipos de botellas, latas o cualquier otra presentación de un líquido más vital que el agua. La convicción es tal que auguran revueltas sociales, caídas de la popularidad del gobierno, virajes en las tendencias electorales, desde el mismo momento en que se vea amenazado el continuo abastecimiento en los anaqueles de esta bebida estructurante de la sociedad.

Esto tiene dos componentes muy peligrosos. En primer lugar está el hecho de la falsedad de la premisa. Dice lo alejados que están estos sectores de la cantidad de procesos que se desarrollan en nuestros barrios, a la cantidad de conceptos, ideas, movimiento, pasión, actividad, apropiación del destino y el devenir. Hay un mundo que transcurre en la solidaridad y el trabajo, que surge desde la necesidad y la exclusión a la que el propio sistema los había arrojado. Pero eso no ocurre en la televisión, no tiene cuentas millonarias de publicidad y mercadeo: no vende. La idea del trabajo y la construcción colectiva es la negación del sistema y como consecuencia se reniega hasta la invisibilidad de la pantalla y del propio entendimiento de una clase entrampada en su propio imaginario de lo popular.

Por otra parte está la aceptación consciente de la fuerza alienante que subyace dentro de la estructura imperial que ha forjado Empresas Polar. ¿Cómo puede una fuerza viva de la sociedad –en este caso la clase que se hace eco de esta premisa– apoyar esta idea; que sea la falta de cerveza la que pueda estremecer la base social de un gobierno? Uno de los flagelos más desequilibrantes de cualquier sociedad es el elevado consumo de alcohol. ¿Estamos entonces en la presencia de una casta política y social que apuesta por la visión de una sociedad que irreductiblemente se verá subyugada por la bebida? ¿Es esa su oferta para Venezuela?

El aparato publicitario que ha dispuesto Empresas Polar para conseguir una hegemonía –desde el concepto gramsciano, que abarca lo cultural– se ha paseado por el deporte, las mujeres, la filantropía, las “obras sociales”. Sin embargo, su estructura económica se fundamenta sobre un brutal monopolio en uno de los sectores más delicados para cualquier país: el alimentario. Además se han logrado posicionar de manera casi aplastante en el mercado de los licores, que es donde está una de sus piedras angulares, su gran negocio. Un negocio que tiene su arista económica muy lucrativa y que además conlleva un aplastante peso cultural, tiene una misión clara en el cercenamiento de la voluntad de lucha de los venezolanos y venezolanas.

Esta mitología de la oligarquía ha puesto una vez más sobre el tapete el momento de definiciones que vive Venezuela. Hay dos modelos en juego: uno dominante, aplastante desde lo cultural, excluyente, alienante; el otro se hace desde la construcción colectiva, en la autodeterminación de la sociedad y el individuo, en el crecimiento conforme al trabajo y la voluntad liberadora. Es momento de avanzar, de no caer en el juego de los medios de comunicación, voceros del sistema, disfrazados de libertarios bajo los ropajes del empresariado. La lucha contra Polar no es exclusivamente económica, es cultural, es por recuperar una identidad y una voluntad secuestrada.

De golpe y porrazo se despierta Lorenzo, descubre que en Venezuela no hay osos polares, que somos un país tropical y revolucionario. El mundo se le cae a pedazos, ya sólo lo puede ver y sentir por la televisión. Seguirá pagando avisos, intentando comprar conciencias y voluntades. Su mundo de fantasía está cada vez más lejano. Ya se quita la careta y mira con asco a la gente que se construye un porvenir, que no le importa si llegó o no la cerveza. Este ya no es un país para Lorenzo, seguramente migrará hacia Colombia.